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15 de enero de 2013

Jorge Luis Borges / Leopoldo Lugones

Jorge Luis Borges y Betina Edelberg, Leopoldo Lugones, Buenos Aires, Editorial Pleamar, 1965 [2da Edición], 114 pp.
Estado/Descripción: Excelente, como nuevo. Libro de 1965 que no ha sido leído, los pliegos se encuentran sin separar

26 de diciembre de 2012

Sobre el egoísmo

          La conocida sentencia de la pluma más ilustre de la economía política clásica: «it is not from the benevolence of the butcher, the brewer, or the baker that we expect our dinner, but from their regard to their own interest», no sólo nos revela un principio que es aceptado de manera unánime por aquellos hombres ocupados en temas de economía política hacia finales del siglo XVIII, también nos remite a una creencia firmemente establecida entre el común de los hombres. Nos referimos a la creencia en que el interés particular, el egoísmo, constituye el principio rector que rige de modo universal el actuar cotidiano del individuo en su relación con sus semejantes. Una vez más, y en carácter de refutación de semejante aseveración, recurriremos a Don Raúl Scalabrini Ortiz, quien en su ensayo Un olvido del egoísmo, nos presenta lo que tal vez sea la única excepción a este principio. Allí, Scalabrini nos dice «La amistad europea es un intercambio. La amistad porteña es un don: el único de esta tierra. En la amistad porteña hay un desprendimiento afectivo compacto, es egocéntrica, restringida en causas y profunda, con ternuras de madre y un poco responsera, no persigue remuneración alguna, se da libremente. Bastan dos amigos para conformar una tertulia donde un mundo completo y ficticio suplanta el “mundo verdadero”.» Y concluye: «La amistad porteña es un olvido del egoísmo humano».
A. Smith, The Wealth of Nations. An inquiry into the nature and causes, 1776

25 de diciembre de 2012

Raúl Scalabrini Ortiz / El millonario ingénito

           En su célebre ensayo El millonario ingénito, Raúl Scalabrini Ortiz, afirma sin temor a equivocarse, pero sabiendo que su afirmación causará alguna duda en el lector, que el porteño (habitante de Buenos Aires) no quiere ser rico. ¿Sorprende? Veamos su razonamiento y juzguemos después.
 «Por supuesto –dice Scalabrini–, todos quieren ser ricos, pero el sabio no malgasta una hora de su tarea en procurar semejante quimera. El porteño es así: se complace en la fortuna imaginada pero en su apropiación no empeña ninguna de sus bonanzas vitales.  La siguiente escena que en grande o en pequeño se repite siempre igual, terminará de ilustrar su punto de vista…  La madre riñe al hijo: "Movéte, muchacho. Andá, busca trabajo. Bien podrías ganar unos pesos más si no fueras tan remolón. Total, tu conchabo no te lleva más de cuatro horas al día". Si el porteño fuera hombre de ingenio verbal, podría replicar con argumentaciones que revelaran su particularísimo sentido de la vida. Decir: "Pero mamá ¿para qué voy a deshollejarme trabajando, si más de lo que tengo no podría  tener por muchas riquezas que tuviera? Para mí, una siesta vale mil pesos. Si yo fuera millonario pagaría esa suma por adormilarme, por hundirme en el letargo que sigue al almuerzo.  Una caminata hasta el centro, con Antonio, que es tan entretenido, no es exagerado cotizarla en dos mil pesos. Por lo menos tal suma abonaría gustoso si yo fuera millonario. Un paseo por Florida, o por el bulevar más cercano bien vale otros mil, y no menos, una charla con los muchachos, a la noche, en el café. Ya ves, en placeres, gano como cinco mil pesos diarios. Soy más rico que Ford. Y con los pesos de Ford no se adquieren los deleites que yo me proporciono”. El porteño no dice nada, pero lo cierto es que para equiparar la vida y pesos hay que tasar en pesos la vida o en vida los pesos. Lo indudable es que si el porteño aprecia la fortuna, en más aprecia su vida.»

En: Raúl Scalabrini Ortiz, El hombre que está solo y espera, Buenos Aires, Gleizer,  1931

20 de noviembre de 2012